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A veces uno se pregunta qué pueden tener estos grandes artistas para convocar masivamente a sus fans y seguidores, cómo movilizan a las masas por el simple hecho de cantar o bailar. Lo ves por la tele, lo escuchas en la radio o pones un disco y sí, puede que sean buenos, pueden que te guste o no su forma de cantar, pero no llegas a comprender el alcance de su poder mediático.
Grandes la verdad que hay pocos, y buenos aún menos, pero lo cierto es que a veces hay que rendirse a la evidencia cuando te encuentras con el talento innato de una artista de los pies a la cabeza. Dicen que a Rocío Jurado le ruborizaba que la llamaran la más grande que, humilde, ella se denominaba la más inmensa, con guasa claro; la verdad que uno puede compartir o no su música, el folclore y las melodías trágicas que narran pero, sinceramente, llegados a un punto, bajas la cabeza, te quitas el sombrero y te descubres ante su portento. Tuve la oportunidad de verla cantar en directo, en el centro cultural de Los Cristianos hace unos años. Uno a veces acude a este tipo de conciertos con la incertidumbre de si al final la grandiosidad que acompaña al artista te pueda defraudar y acabes por preguntarte si el mito tiene pies de barro o no. La Jurado se comió el escenario, su chorro de voz era sobrehumano y al final uno entiende que sólo este tipo de artistas pueden crearse el halo de grandiosidad que le acompaña toda su vida, y con razón. Sólo su presencia desprendía algo indescriptible y la verdad que inmensa sí que era, y yo creo que incluso se parodiaba a si misma, mejorando al Latre de la tele, cada vez que hablaba e intentaba expresar el agradecimiento al público, la peor parte de todo, para que vamos a engañarnos. Pero incluso eso se perdonaba una vez que cogía el micrófono y susurraba a capela cualquiera de sus canciones. Me rindo ante la evidencia y me sumo a la multitud que la adoraba, ya sé que no queda muy bien ante los ojos de los modernos decir que a uno le gusta La Jurado pero me importa bien poco, a los que se ríen cierren los ojos y escuchen su voz. No todo lo bueno viene de fuera, y La Rocío era nuestra Joplin particular. En la sociedad mediática en la que vivimos pueden crearnos falsos mitos y vendernos como ciertos cualidades artísticas de quien las compañías consideren más comerciales, que luego en las distancias cortas se nos derrumban, este no era el caso de la chipionera más universal; se nos ha ido una artista única e irrepetible que marcó toda su vida con miles de páginas de prensa rosa que deslucía en parte su talento y cualidades. Pero me quedo con su voz prodigiosa, su presencia en el escenario, el desgarro de su garganta y la magia que desprendía, y aunque a ella le ruborice será siempre: LA MÁS GRANDE.

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