 Desde hace décadas, los vecinos de El Pinar ponen nombres a sus pinos. Bien para ubicarse en el monte, bien para convertir en más cercano a este ser vivo; el caso es que algunos ejemplares se yerguen con orgullo sabedores de que tienen nombre propio. Es un pueblo con historia y ahora, con sus ansias de segregarse y tener ayuntamiento propio, es noticia más que nunca. El pueblo de El Pinar, en El Hierro, debe su nombre a la enorme extensión de pinos que rodean el área poblada.
Desde siempre, sus habitantes han estado muy unidos a su monte, al que
sienten como protector y, en ocasiones, también, como enemigo cuando el
fuego hace acto de presencia. Uno de los más devastadores hasta la
fecha ocurrió el pasado verano. Más de 1.400 hectáreas de pino y
fayal-brezal fueron arrasadas por las llamas.
Es evidente que para los nativos de la zona su conservación es vital,
el pino canario logra conservar el medio natural como pocas especies lo
hacen. Condensan el agua de las nubes, retienen el suelo, producen
oxígeno, limpian el aire y no olvidemos el placer que produce caminar
entre estos árboles que suelen alcanzar alturas insospechadas.
El pino siempre ha estado muy vinculado a la vida cotidiana de los
canarios. En un pasado eran proveedores de madera que usaban para
calentarse, para construir sus hogares, fabricar lanzas para defenderse
y andar por riscos y barrancos; así como luz en forma de antorchas que
les alumbraban en las noches.
La pinocha servía para rellenar colchones, proteger objetos que se
enviaban al exterior para que llegaran en perfecto estado e incluso,
servía como estiércol. Hasta la resina que producen sirvió para
momificar a los muertos. Éstas y muchas otras razones han servido para
que los herreños y, más en concreto, los piñeros (como se conoce a las
gentes de El Pinar) se sientan tan ligados a este árbol.
Los lugareños, desde hace décadas, han ido poniéndoles apodos a estos
seres vivos tan característicos de nuestra geografía. Según Juan
Hernández ,vecino de Las Casas “eran los viejos quienes les colocaban
nombres, lo hacían porque por entonces eran pocos los ejemplares que
existían y así los sentían más suyos”.
Otras versiones aseguran que fueron los primeros ganaderos, que
guardaban su ganado en estos bosques, quienes les otorgaban los nombres
para poder así, ubicarse en la masa forestal.
El Pino Verde parece ser que debía el apodo a lo exuberante de su
color, al Pino de Agua le colgaron el cartel por su cercanía a un pozo
y el Pino La Empalizada fue nombrado así por servir como cercado entre
fincas. De éste último se dice que es el más alto y grueso de cuantos
se hallan en la zona conocida como La Hoya del Morcillo.
Según Cristóbal Morales, vigilante del área creativa del Morcillo “por
entonces no habían cintas métricas y para medir a los árboles los
hombres los rodeaban. El Pino La Empalizada medía siete hombres, pero
el último fuego lo abrió a la mitad y poco queda de él”.
Lo cierto es que, aún hoy en día, es común escuchar en el pueblo frases
como “en la esquina del Pino Los Roquillos te espero”. Tras algunos de
los nombres de estos árboles se esconden historias como las del Pino
Piloto. Se llamó así, aseguran los vecinos, porque desde su copa cayó y
falleció un hombre al que conocían por el sobrenombre de piloto,
mientras buscaba nidos de cuervos. Según Morales, durante la guerra era
muy común que la gente subiera al bosque a coger cuervines para comer
“el hambre provoca ese tipo de cosas. Pero por el contrario, ahora los
cuervos se protegen”. El Hierro tiene la densidad de población de aves
carroñeras más alta de toda Canarias.
En la zona de San Roque se erige uno de los ejemplares más populares,
el Pino Juan Roque, cuyo apelativo debe al lugar donde se alza y al
nombre del propietario de la casa más cercana que existía en las
inmediaciones, un tal Juan.
Pino La Puerta, Pino Guásamo, Pino La Tablada, Pino Granadillo y un sin
fin de ellos más tienen a sus espaldas historias a las que deben el
mote que, generación tras generación de “piñeros”, han ido conservando.
No sólo el fuego del pasado mes de septiembre, que devoró un grandísimo
número de ejemplares, ha hecho peligrar la existencia de este pinar con
curiosos apodos; también, las lluvias torrenciales que cayeron, con
tanta fuerza, sobre El Pinar, los últimos días del pasado mes de enero
arrasaron con algunos de los pinos a los que el pueblo había logrado
personificar otorgándoles un nombre y distinguiéndoles de entre la gran
masa verde.
Hay quienes al pasar junto a ellos exclaman un tímido “adiós Pino Juan
Roque” o “hasta luego Pino Guásamo” con la esperanza de que éstos les
hagan algún guiño.

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