Jodidamente mal, pero no importa

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Lorenzo de Ara   
viernes, 22 de febrero de 2008
No todo está perdido. Pero puede estarlo. La izquierda monopoliza. Asfixia. Tenemos una democracia demasiado imperfecta. Todos las democracias lo son, imperfectas, pero la nuestra, por culpa de una progresía abracadabrante, se manifiesta macilenta, tumefacta y con amagos de pérdida de memoria.

Restan quince días para que el pueblo, todavía libre, ejerza su derecho al voto. El pueblo, supongo que algo más de 38 millones de españoles, podrá elegir entre Zapatero o Rajoy. Las encuestas confirman que todavía hay muchos indecisos.

Desgraciadamente, en este país los indecisos son proclives a quedarse en casa o, en el peor de los casos, a dejarse convencer por la mentira mejor envuelta. Y en eso, o sea, cuando es menester fabricar mentiras, el socialismo español es único, invencible.

En el debate económico que tuvo lugar en Antena 3 (perfectamente moderado por Matías Prats), el ministro de la cosa, con un ojo cerrado, desgranó todas las virtudes que encierra el manual del buen socialista. Solbes no es un socialista al estilo Zapatero, pero al aceptar ir de número dos por Madrid, ha tenido que aprender a moverse como lo hacen los adulones y los sombrajos que tiene el inquilino de la Moncloa a su servicio.

Ganó Solbes. No lo dudo. Este país es así de sencillo y así de amargamente simplista.

Si sale usted a la calle y le pregunta a la ama de casa o al caballero que va de un lado a otro, siempre con prisa, le responderán que la economía es desastrosa, que todo sube, que el euro es una maldita moneda que nos hace la vida imposible y que el sueldo no llega, nunca llega.

Pero al contemplar el debate le entrar las dudas. Miran al representante de la temida derecha con ese ojo cerrado de Solbes. Entonces ven al rico, nada más que al rico. Y les entra el miedo, olvidando que fue un multimillonario, que responde al nombre de Rodrigo Rato, el que saneó las finanzas de España y salvó las pensiones.

Solbes ganó, y volvería a ganar hoy, y mañana. Los españoles sufrimos con encanto. Somos marionetas en manos de un poder que, (no importa el color político) se apodera de las cabezas de los que en verdad lo pasan jodidamente mal.

Así nos va.
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