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lunes, 10 de marzo de 2008 |
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Cuando
mirábamos de niños, a través de esos caleidoscopios de cartón, alucinaban
nuestros ojos componiendo coloridas formas con un simple giro de muñeca.
El
encanto y la magia de lo que veíamos se producían porque existían pequeños
grupos de piedrecitas con colores y texturas de todo tipo.
La
vida necesita de las minorías más que nunca para que nuestro mundo mantenga la
misma belleza que esas imágenes con las que disfrutábamos tanto de críos. Sin
ellas, es imposible pintar en el lienzo de nuestros sentidos y nuestra
inteligencia.
Me
caen muy bien los deportes que no suelen salir en la tele, los partidos que
luchan por bellos ideales sin posibilidades de lograr un escaño, los grupos de
opinión alternativos, las familias que rompen los moldes establecidos, los jóvenes
que se apuntan a descubrir o las ONG's que echan horas por trabajos invisibles,
las organizaciones que rescatan tradiciones.
Una
sociedad sana, avanzada y auténtica
tiene que mimar a las minorías. Suelen ser ellos los únicos que marcan la
diferencia en un mundo globalizado donde el Mc Donalds parece ser la única seña
de identidad de cualquier calle céntrica.
Dicen
que estamos en peligro de extinción. Yo, con todos los respetos, les invito a
acercarse a lo que no se ve en la tele o en el cine de masas. Atrévanse a
romper algún molde y a apuntarse a la minoría. Les garantizo que serán un poquito más
felices y sabios de esta forma.
En
mi parque veo a una pareja que practica malabares y a unos chicos que saltan
muros y a diez que corren y a aquella que practica yoga y a otros que leen y a dos que se enamoran y a
varios que estudian y a mayores que sueñan y a niños que descubren juegos y, a
lo lejos, a un guitarrista que canta canciones de John Lennon... Ese parque es el
mundo en el que quiero vivir. Ese parque es el mundo que no debemos perder.

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