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Y ganó Zapatero después de una legislatura áspera,
brillante y dura. Revalidando, ante los ciudadanos, sus cuatro años de
gobierno. Un periodo difícil, complicado, artificialmente crispado, en donde sin
demasiada importancia mediática se amplió la protección social de los más
necesitados con la Ley de Dependencia, donde
se ampliaron los derechos de colectivos históricamente marginados y
donde la política social ha sido su gran espina dorsal.
Ratificando a un presidente que se atrevió a
traer las tropas de Irak, por encima de intereses espurios de los oligarcas
americanos, que intentó la paz definitiva desde la legitimidad y la honradez y
sobre todo ratificaron a un presidente que metió mano a la reforma territorial,
que clamaba desde hace tiempo la España de las Autonomías, sin que esto
supusiera el resquebrajamiento de nuestro sistema de convivencia. Y sobre todo
ganó la cordura, el talante, la serenidad frente a una oposición despechada,
rencorosa, demagoga y extremista. Anclada en un pasado que le está pasando
factura y que hizo del catastrofismo su seña de identidad por encima de una
visión de Estado necesaria, siempre supeditada a un partidismo rancio,
intolerante y desleal, un partidismo sesgado y mal entendido por esa derecha ultra
escorada.
Y Rajoy que aspiraba a gobernar se ha quedado
definitivamente huérfano, sin discurso, varado y estratégicamente descolocado.
Cierto que los resultados le hacen al menos resistir el embate que le espera en
su propio partido para evitar un fagocitamiento rápido y doloroso, aunque en mi
opinión, del todo inevitable. La sucesión está abierta y los errores de esta
legislatura que le van a costar cuatro años más de oposición y le conducirán
inexcusablemente, a marcharse a su casa. Por no haber asimilado que la derecha
gobernó en este país centrando su discurso y abandonando, auque fuera una
estrategia, la confrontación con las distintas identidades que conforman la
España plural, sobre todo Cataluña, el País Vasco y Andalucía. Visto que sin
estas autonomías, le guste o no al Partido Popular, un proyecto político no
consigue la mayoría necesaria para gobernar en el Parlamento. Por mucho que
arrase en Madrid, Murcia o Valencia, esto al menos está meridianamente claro
como el agua.
Que la izquierda en este país es mayoría nadie lo
discute, que la derecha tiene un techo eso tampoco y que todo depende para
nuestra cuita del número de quienes decidan depositar su voto menos. El índice
de participación es para la izquierda fundamental y para la derecha trascendente,
una alta participación desemboca en un gobierno de izquierdas y una baja
participación redunda en un gobierno de derechas, y eso que es asumido como
cierto esconde en sí una verdad desoladora, que la movilización de la derecha
burguesa está garantizada y que la
izquierda obrera nunca ha asumido su papel decisivo y definitorio.
De Coalición Canaria lo evidente, que poco a poco
se convertirá en la marca del Partido Popular en las islas ya que su discurso
es redundante, intrascendente y cada vez menos creíble, están perdiendo peso en
la urbe metropolitana a costa de engordar a los conservadores nacionales, y lo
de Melchior es la primera señal de alarma. Que no se trata de un proyecto
canario ni para Canarias lo dejan claro los resultados en la provincia de Las
Palmas y que la máscara de ATI, llámese CC, se ha caído definitivamente. Un
nacionalismo descafeinado de derechas pura y dura que será pronto abducido por
el PP en las islas y que gobierna contra la voluntad mayoritaria de una
izquierda sometida, que tendrá su oportunidad dentro de tres años.

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