Lo primero que me pasó por la cabeza cuando me enteré fue
hacerme la pregunta de cuántos niños habrían perecido en este fatal accidente.
Las primeras informaciones hablaban de que en el pasaje iban sólo dos niños que
se habían salvado. Allí respiré y le di gracias al Señor porque así fuera. Y
así ha sido por lo que se escribe, pero la mala noticia ha sido conocer que
otros han perecido en la tragedia. Me ha estremecido especialmente el niño que
se ha salvado y preguntaba que cuándo terminaba la película y dónde se
encontraba su padre. El niño creía que lo que estaba viviendo era una película,
no podía imaginar que fuera real. Un niño recogido, al parecer, por un bombero.
Me imagino a mis hijas en esa situación y me estremezco de sólo pensarlo. Bien
sé cuál es ese dolor. No, no he perdido a mis hijas en un accidente, pero he
visto a demasiados niños en esa situación. La muerte es dolorosa y más para
aquellos que no entienden lo que realmente les está ocurriendo; que no ven la
vida, lo cruel que puede ser cuando menos uno lo espera. A ese niño se le ha roto
lo más querido... su apoyo, su querido padre, su salvación, su ilusión, el
hombro donde apoyarse cuando estaba triste, su esperanza...
Realmente es difícil aceptar que un niño tenga que aprender
lo dura que es la vida de esta forma, sin tiempo para recapacitar y tiempo para
poder modelarse a lo largo de su vida. Lo que nosotros, adultos, hemos tenido
que aprender a fuerza de
VIVIR. Ese niño tendrá que digerirlo de golpe,
como un puñetazo recibido en la cara sin esperarlo. Nosotros, lo mayores, de
alguna manera, estamos siempre esperando nuestra muerte. Algunos la aceptamos
tal cual y a los que no, en fin, no les queda más remedio que hacerlo. Pero, ¿y
nuestras inocentes criaturas a las que lo único que nos importa es que sean lo
más felices posible antes de enfrentarse a la cruda realidad?. Cuesta, cuesta
entenderlo.
Muchos, demasiados niños y niñas, inocentes, pierden su
apoyo en circunstancias similares y mucho peores. He visto demasiadas veces a
familias de tres y cuatro niños que no pasaban los doce años, quedarse sin la
madre al morir ésta de Sida. Sin saber ellos lo que pasaba. Me decían
"tío
Antonio, mi mamá está en el hospital, no sé lo que le pasa. Mi mamá antes era
una mujer muy grande y ahora está en los huesos pero me ha dicho el médico que
mejorará". Yo sabía lo que le pasaba a su mamá y le animaba jugando a
cualquier cosa y pasando el tiempo con ellos. Lo que aquí escribo es cierto, no
es una mera anécdota, y otras más que habré escrito en mis artículos.
Se me hace muy difícil de digerir que esos niños, que podrían
ser los míos, que realmente lo he hecho míos, tengan que encontrarse sin la
persona que les ha dado fuerzas y cariño para enfrentarse a esta vida. Sufro
por ese niño del accidente como si fuera mío y le deseo y, estoy seguro, tendrá
el cariño de los familiares que aún le quedan. De ello no cabe duda y mis
ánimos y fuerza a los que les ha tocado esa ardua tarea.
Yo tuve una infancia muy feliz, así la recuerdo, y también
perdí a mi padre, un padrazo, en un accidente aéreo cuando sólo tenía doce
años, por eso sé de lo que hablo y no quiero que ningún niño pase por lo que yo
pasé. Por esa misma razón y otras muchas, empeño mi tiempo y mi esfuerzo en
ayudar y darle cariño a aquellos que se han encontrado, de repente, que lo que
más querían lo han perdido.
Por ti, niño, por todos los
NIÑOS DEL MUNDO...